PROBLEMA NÚMERO 15
-Venga, entra, así adelantamos tiempo.
-No hay sitio para dos.
-Bueno, si es ese el mayor problema me dejas muchísimo más tranquilo.
-¿Entro?
-¡Pues claro!
-Date la vuelta y no me mires...
-¡Te he visto un millón de veces! Y la última vez fue ayer, ¿no lo recuerdas?
-Qué vergüenza...
-Pero si eres preciosa...
-¡Calla, no mires!
-Qué, ¿el agua fría ha empezado a actuar?
-¡Eres un cerdo!
-Oye, que lo último que quiero es que te enfades antes de ir a la entrevista de trabajo...
-¡No me enfado!
-Bueno, entonces...¿Hablaste ayer con él?
-No me dio tiempo.
-¿Pero qué dices? ¡Era el mejor momento!
-Estaba con Mónica.
-Bueno, ¿y qué?
-Estaba comiéndole la boca a Mónica...
-Em...Vale. Eso lo cambia todo. Dile que se vaya a tomar por el culo.
-No puedo...
-¡Eres tonta! ¿Cuándo vas a comprender que a los hombres nos cuesta más enamorarnos?
-Lo sé...Pero es que no puedo...
-Deberías pasar de él.
-Bueno, ¿y tú qué tal?
-Es difícil expresarlo.
-¿Cómo?
-Me he estado acostando con una monja.
-¿Qué?
-La acompañé a llevar las bolsas de la compra, pesaban demasiado.
-¡Sois unos cerdos!
-No...Me gustaba, de verdad. Tendré que salir más, ha sido un palo para mí, en serio...
-No me extraña...
-El abuelo quiere ir a Huelva. Vendrá conmigo en coche, espero conocer a alguna andaluza.
-El abuelo me dijo que te había dicho que iría contigo en coche pero que saldría un día antes para ir en tren.
-¿Y eso?
-Dice que no sabes conducir.
-Joder... Bueno nena, ya he terminado. ¡Mira mi cuerpo serrano!
-Tápate, ¡asqueroso!
-Pero qué guapa eres...
-¡Lárgate!
-Ya me voy, ya me voy...
Fue de las últimas veces que pude hablar seriamente con mi primo, Jandro. Siendo niños jugábamos juntos, nos reíamos juntos y no le dábamos tanta importancia a los problemas. Más que un primo era un amigo...Era un hermano. Siempre había intentado mantenerme a salvo de todo aquel que quería hacerme daño. Además de ser mi primo y actuar como un hermano, era mi subconsciente. Nunca me decía lo que quería escuchar, y por eso he de decir que desde aquella mañana la vida me ha ido muchísimo mejor. Soy eurodiputada.
PROBLEMA NÚMERO 16
-Nunca me había sentido tan satisfecha como aquel día en el que te pegué un guantazo verbal mientras tú renegabas de la realidad justo cuando tu vecino mató a su mujer en el mismo instante que tú defecabas sangre antes de que te diagnosticaran cáncer de colon. Anda, venga, no llores. Límpiate con esta agua esas lágrimas de actitud contumaz que te vituperan...
-Nunca me había sentido tan satisfecha como aquel día en el que te pegué un guantazo verbal mientras tú renegabas de la realidad justo cuando tu vecino mató a su mujer en el mismo instante que tú defecabas sangre antes de que te diagnosticaran cáncer de colon. Anda, venga, no llores. Límpiate con esta agua esas lágrimas de actitud contumaz que te vituperan...
PROBLEMA NÚMERO 17
Nunca me había parado a mirar todo lo que me rodeaba. Bueno, miento, en realidad sí, pero nunca me había dado cuenta de que el lodo llegaba prácticamente hasta mi cuello; semanas eternas, viernes y sábados rutinarios, los mismos problemas…En fin, “K” al cuadrado. El ritual siempre era el mismo: oír, ver y callar. Esto tampoco es totalmente cierto, porque me gusta escuchar, pero en ciertos momentos no puedo mantener el pico cerrado…No sería yo.
Por culpa del aburrimiento había adelgazado, algo poco común, pues la gente tan simple como yo tiende a acabar con todo lo que hay en la nevera. Si mis vaqueros antes eran perfectos pitillos, solamente puedo decir que se habían convertido en un mar de tela; cada cinco minutos tenía que subírmelos, y eso que soy de las que utiliza cinturón…Además, nunca me ha gustado enseñar las bragas, y muchísimo menos el tanga. Era tal la frustración que en poco menos de una semana había devorado tres libros…Para mi fortuna sabía antes de tiempo que Bodas de sangre no terminaba muy bien, así que ni siquiera me apenó esa tragedia, o drama, según cómo el autor lo considere.
Tenía un poco de dinero ahorrado, el cual utilicé para elevar mi ego, y lo conseguí, pero duró sólo media hora (suficiente para telefonear desde la cabina a mi hermana, que residía en Madrid). Nada contrastaba, nada tenía sentido, todo me parecía vomitivo.
Incluso jugué con unos niños que me encontré en el parque, ¿increíble, verdad? Descubrí que se me daría bien ser madre, o más bien lo contrario, aún seguía dependiendo de mi madre, la cual había muerto hacía poco más de dos años (hoy ha cumplido los 3 años, 5 meses y 9 días).
Sí, estáis en lo cierto. No era sombra de lo que fui. Mi sonrisa, mi alegría, mi vitalidad…Se habían esfumado por arte de magia; incluso la magia me había abandonado. Mi cordura estaba en la cuerda floja, y mis ganas de vivir…A la misma altura de los restos de mi madre (bajo tierra, por si no lo habéis entendido).
Y entonces apareció él. Era mi salvador, un mesías para los más religiosos. Fue el causante de mi dulzura, el que me devolvió esa iniciativa que había tenido por todo.
Lo veía antes de dormirme, y volvía a encontrármelo al despertar. Era muy detallista conmigo… ¡Me preparaba una crema de calabacín exquisita! Paseábamos juntos por el mismo parque donde jugaban esos mocosos… ¡No había ninguna actividad que no compartiésemos! Lo quería tanto, una lástima que muriese de aquella forma.
Hoy en día sigo sin tener a nadie a mi lado, y cada día me veo más cerca de la muerte. Esta enfermedad degenerativa está haciendo que empiece a olvidar los rasgos de Jandro, y mis ochenta y tres primaveras me debilitan. Mis huesos crujen más que nunca.
¿Debería volver a ver el amanecer desde mi lecho o es mejor que duerma para siempre?
Nunca me había parado a mirar todo lo que me rodeaba. Bueno, miento, en realidad sí, pero nunca me había dado cuenta de que el lodo llegaba prácticamente hasta mi cuello; semanas eternas, viernes y sábados rutinarios, los mismos problemas…En fin, “K” al cuadrado. El ritual siempre era el mismo: oír, ver y callar. Esto tampoco es totalmente cierto, porque me gusta escuchar, pero en ciertos momentos no puedo mantener el pico cerrado…No sería yo.
Por culpa del aburrimiento había adelgazado, algo poco común, pues la gente tan simple como yo tiende a acabar con todo lo que hay en la nevera. Si mis vaqueros antes eran perfectos pitillos, solamente puedo decir que se habían convertido en un mar de tela; cada cinco minutos tenía que subírmelos, y eso que soy de las que utiliza cinturón…Además, nunca me ha gustado enseñar las bragas, y muchísimo menos el tanga. Era tal la frustración que en poco menos de una semana había devorado tres libros…Para mi fortuna sabía antes de tiempo que Bodas de sangre no terminaba muy bien, así que ni siquiera me apenó esa tragedia, o drama, según cómo el autor lo considere.
Tenía un poco de dinero ahorrado, el cual utilicé para elevar mi ego, y lo conseguí, pero duró sólo media hora (suficiente para telefonear desde la cabina a mi hermana, que residía en Madrid). Nada contrastaba, nada tenía sentido, todo me parecía vomitivo.
Incluso jugué con unos niños que me encontré en el parque, ¿increíble, verdad? Descubrí que se me daría bien ser madre, o más bien lo contrario, aún seguía dependiendo de mi madre, la cual había muerto hacía poco más de dos años (hoy ha cumplido los 3 años, 5 meses y 9 días).
Sí, estáis en lo cierto. No era sombra de lo que fui. Mi sonrisa, mi alegría, mi vitalidad…Se habían esfumado por arte de magia; incluso la magia me había abandonado. Mi cordura estaba en la cuerda floja, y mis ganas de vivir…A la misma altura de los restos de mi madre (bajo tierra, por si no lo habéis entendido).
Y entonces apareció él. Era mi salvador, un mesías para los más religiosos. Fue el causante de mi dulzura, el que me devolvió esa iniciativa que había tenido por todo.
Lo veía antes de dormirme, y volvía a encontrármelo al despertar. Era muy detallista conmigo… ¡Me preparaba una crema de calabacín exquisita! Paseábamos juntos por el mismo parque donde jugaban esos mocosos… ¡No había ninguna actividad que no compartiésemos! Lo quería tanto, una lástima que muriese de aquella forma.
Hoy en día sigo sin tener a nadie a mi lado, y cada día me veo más cerca de la muerte. Esta enfermedad degenerativa está haciendo que empiece a olvidar los rasgos de Jandro, y mis ochenta y tres primaveras me debilitan. Mis huesos crujen más que nunca.
¿Debería volver a ver el amanecer desde mi lecho o es mejor que duerma para siempre?
PROBLEMA NÚMERO 18
-Tápate, vas a provocar...
-Lo cierto es que me gusta abrir el telón, pero elijo yo a quién enseñarle su función.
-Decía que vas a provocarte una caída. Llueve demasiado, ¡abre el paraguas! Y deja de abrocharte la camisa.
-Tápate, vas a provocar...
-Lo cierto es que me gusta abrir el telón, pero elijo yo a quién enseñarle su función.
-Decía que vas a provocarte una caída. Llueve demasiado, ¡abre el paraguas! Y deja de abrocharte la camisa.
PROBLEMA NÚMERO 19
-Supongo que un golpe puede desfigurarte la cara. Un buen golpe puede destrozarte la mandíbula, el tabique nasal, fracturarte un pómulo e incluso romperte el cráneo. Pero... ¿Acaso puede cambiar tu forma de pensar?
-Supongo que un golpe puede desfigurarte la cara. Un buen golpe puede destrozarte la mandíbula, el tabique nasal, fracturarte un pómulo e incluso romperte el cráneo. Pero... ¿Acaso puede cambiar tu forma de pensar?
PROBLEMA NÚMERO 20
Jandro era un tipo corriente; corriente pero único. Tan corriente que pasaba desapercibido, y tan único que en su adolescencia tuvo a casi todas las chicas de clase detrás de sus huesos.
Tenía 26 años. Vivía en Lavapiés, aunque para él hubiese sido más cómodo alojarse en el Barrio de Salamanca, pero su economía no se lo permitía; trabajaba en un taller de reparación de coches. Odiaba su trabajo. A él le gustaba dibujar, dibujaba todo tipo de cosas, y dibujaba demasiado bien. También sabía escribir; se le olvidaba acentuar algunas palabras y tenía un grave problema conla H , pero eso daba igual.
¿Su perdición? La música. O el ruido, como él bien decía. Coleccionaba vinilos, pósters de bandas o de portadas, chapas de las mismas bandas…Le gustaban demasiado, más bien porque decían lo que él quería escuchar…Sus gritos eran fruto de la rabia creada por los defectos y problemas de la humanidad. Jandro era un rebelde (eso le gritaban de vez en cuando las ancianas vecinas). Subía el volumen a tope cada vez que escuchaba música; gritaba, saltaba, volvía a gritar y…Volvía a destrozar su viejo colchón. Por suerte tenía uno hinchable en el armario. Las únicas personas que podían reñirle eran las pesadas vecinas, porque él no tenía padres, o al menos no sabía nada de ellos. Su madre lo abandonó con tan sólo 6 años, y se quedó a cargo de su padre. Su padre decidió dejarlo en casa de sus abuelos. Su abuelo murió cuando éste tenía 22 años, su abuela, en cambio, cuando tenía 24.
Eran las 6:37 de la mañana cuando salió de casa, martes, un frío martes de invierno. Bajó las escaleras del metro y allí se encontró con unas cuatro muchachas jóvenes, algo menores. Eran extranjeras, todas rubias, todas miraban. ¿Quién se resistía a mirarlo? 1.86, 78kg, ojos verdes, nariz recta, dentadura perfecta. . ¿Y el pelo? El pelo, como siempre, despeinado. Lucía una bufanda color granate a conjunto de un abrigo de cuero (obviamente era artificial) negro. Sus pitillos no podían faltar, ni sus botas algo viejas. Las chicas seguían mirando, y él se dispuso a encenderse un cigarrillo. Me atrevería a decir que ni siquiera se dio cuenta de ello, a él le daba igual, no era de esos chavales que necesitan constantemente meterla en algún puto agujero. Jandro era diferente.
Eran las 7.04 cuando llegó a su trabajo. Las 18.27 cuando salió de aquel sucio local. Antes de irse dirección a casa decidió hacerle una visita a Joaquín, dueño de una pequeña tienda de souvenirs, comida, tabaco y compresas. Vaya, tenía todo lo que pueden tener las típicas tiendas que puedes encontrar en un barrio cualquiera.
-Hola Joaquín-dijo.
-¿Qué pasa Jandro? ¿Winston, verdad?
-Ponme dos.
Y entonces alguien entró. Era una mujer, algo nerviosa, la verdad. Corría una gota de sudor por su frente. Se podría notar a kilómetros que estaba a punto de cometer una locura, y en efecto, así fue.
-¡Dadme el puto dinero!-gritó mientras sacaba un arma de su caro bolso.
Ninguno de los dos dijeron nada. Joaquín, asustado, empezó a llenar el bolso de la chica con los pocos billetes que tenía en la caja. Jandro reaccionó:
-Mira, creo que esto no es necesario…-se atrevió a decir.
-¡Cállate! ¡Cállate la puta boca o te pego un tiro!-se alteró demasiado.
Jandro, desgraciadamente, intentó acercarse a ella. Jandro sabía que era una chica que estaba en un estado poco habitual. Se notaba demasiado que era la primera vez que lo hacía. Esa mujer nunca había gritado palabrotas de esa forma. Esa chica vivía en un barrio de niños pijos, y es que ese vestido de Adolfo Dominguez y esos complemetos de cualquier otro modista amanerado la delataban.
Ella reaccionó, y le pegó tres tiros en el pecho. Para ser la primera vez había dado en el clavo. Jandro había muerto. Ella corrió, salió de la tienda. Huyó. Joaquín hizo llegar una ambulancia, era demasiado tarde.
Pasaron dos semanas cuando decidí acudir a comisaría. Yo maté a un chico que no se merecía morir. Tenía 18 años. Estaba enfadada con el mundo. Mis padres no me dejaban irme de vacaciones con mis amigas, o más bien interesadas, a Roma. Mi novio se lo había estado montando con su ex novia. Y yo había decidido largarme de casa. No tenía ni un duro, necesitaba robar. Era la primera tienda a la que decidí entrar. Y joder, lo maté. Maté a alguien que con una cuarta parte de mi vida se habría conformado. Con una cuarta parte de mi paga tendría para una semana. Y yo, tan egoísta como siempre, decidí hacer de ese día un puto infierno. El único vicio de Jandro era el tabaco, y eso lo mató. Mis vicios eran otros; mi Ferrari, mi piso en el centro de Madrid, mis rutinarias fiestas los viernes por la noche, los baños en casa de Raúl los sábados por la mañana, ¡incluso alguna que otra mariscada los domingos! Era una niña consentida. Soy alguien que no supo apreciar lo que tenía. Arrebaté la vida a Jandro, un tipo corriente. Corriente pero único…
Jandro era un tipo corriente; corriente pero único. Tan corriente que pasaba desapercibido, y tan único que en su adolescencia tuvo a casi todas las chicas de clase detrás de sus huesos.
Tenía 26 años. Vivía en Lavapiés, aunque para él hubiese sido más cómodo alojarse en el Barrio de Salamanca, pero su economía no se lo permitía; trabajaba en un taller de reparación de coches. Odiaba su trabajo. A él le gustaba dibujar, dibujaba todo tipo de cosas, y dibujaba demasiado bien. También sabía escribir; se le olvidaba acentuar algunas palabras y tenía un grave problema con
¿Su perdición? La música. O el ruido, como él bien decía. Coleccionaba vinilos, pósters de bandas o de portadas, chapas de las mismas bandas…Le gustaban demasiado, más bien porque decían lo que él quería escuchar…Sus gritos eran fruto de la rabia creada por los defectos y problemas de la humanidad. Jandro era un rebelde (eso le gritaban de vez en cuando las ancianas vecinas). Subía el volumen a tope cada vez que escuchaba música; gritaba, saltaba, volvía a gritar y…Volvía a destrozar su viejo colchón. Por suerte tenía uno hinchable en el armario. Las únicas personas que podían reñirle eran las pesadas vecinas, porque él no tenía padres, o al menos no sabía nada de ellos. Su madre lo abandonó con tan sólo 6 años, y se quedó a cargo de su padre. Su padre decidió dejarlo en casa de sus abuelos. Su abuelo murió cuando éste tenía 22 años, su abuela, en cambio, cuando tenía 24.
Eran las 6:37 de la mañana cuando salió de casa, martes, un frío martes de invierno. Bajó las escaleras del metro y allí se encontró con unas cuatro muchachas jóvenes, algo menores. Eran extranjeras, todas rubias, todas miraban. ¿Quién se resistía a mirarlo? 1.86, 78kg, ojos verdes, nariz recta, dentadura perfecta. . ¿Y el pelo? El pelo, como siempre, despeinado. Lucía una bufanda color granate a conjunto de un abrigo de cuero (obviamente era artificial) negro. Sus pitillos no podían faltar, ni sus botas algo viejas. Las chicas seguían mirando, y él se dispuso a encenderse un cigarrillo. Me atrevería a decir que ni siquiera se dio cuenta de ello, a él le daba igual, no era de esos chavales que necesitan constantemente meterla en algún puto agujero. Jandro era diferente.
Eran las 7.04 cuando llegó a su trabajo. Las 18.27 cuando salió de aquel sucio local. Antes de irse dirección a casa decidió hacerle una visita a Joaquín, dueño de una pequeña tienda de souvenirs, comida, tabaco y compresas. Vaya, tenía todo lo que pueden tener las típicas tiendas que puedes encontrar en un barrio cualquiera.
-Hola Joaquín-dijo.
-¿Qué pasa Jandro? ¿Winston, verdad?
-Ponme dos.
Y entonces alguien entró. Era una mujer, algo nerviosa, la verdad. Corría una gota de sudor por su frente. Se podría notar a kilómetros que estaba a punto de cometer una locura, y en efecto, así fue.
-¡Dadme el puto dinero!-gritó mientras sacaba un arma de su caro bolso.
Ninguno de los dos dijeron nada. Joaquín, asustado, empezó a llenar el bolso de la chica con los pocos billetes que tenía en la caja. Jandro reaccionó:
-Mira, creo que esto no es necesario…-se atrevió a decir.
-¡Cállate! ¡Cállate la puta boca o te pego un tiro!-se alteró demasiado.
Jandro, desgraciadamente, intentó acercarse a ella. Jandro sabía que era una chica que estaba en un estado poco habitual. Se notaba demasiado que era la primera vez que lo hacía. Esa mujer nunca había gritado palabrotas de esa forma. Esa chica vivía en un barrio de niños pijos, y es que ese vestido de Adolfo Dominguez y esos complemetos de cualquier otro modista amanerado la delataban.
Ella reaccionó, y le pegó tres tiros en el pecho. Para ser la primera vez había dado en el clavo. Jandro había muerto. Ella corrió, salió de la tienda. Huyó. Joaquín hizo llegar una ambulancia, era demasiado tarde.
Pasaron dos semanas cuando decidí acudir a comisaría. Yo maté a un chico que no se merecía morir. Tenía 18 años. Estaba enfadada con el mundo. Mis padres no me dejaban irme de vacaciones con mis amigas, o más bien interesadas, a Roma. Mi novio se lo había estado montando con su ex novia. Y yo había decidido largarme de casa. No tenía ni un duro, necesitaba robar. Era la primera tienda a la que decidí entrar. Y joder, lo maté. Maté a alguien que con una cuarta parte de mi vida se habría conformado. Con una cuarta parte de mi paga tendría para una semana. Y yo, tan egoísta como siempre, decidí hacer de ese día un puto infierno. El único vicio de Jandro era el tabaco, y eso lo mató. Mis vicios eran otros; mi Ferrari, mi piso en el centro de Madrid, mis rutinarias fiestas los viernes por la noche, los baños en casa de Raúl los sábados por la mañana, ¡incluso alguna que otra mariscada los domingos! Era una niña consentida. Soy alguien que no supo apreciar lo que tenía. Arrebaté la vida a Jandro, un tipo corriente. Corriente pero único…
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